El Disfraz del Meteorito - Capítulo 1


Empezaba el otoño en el reino de Naiv y todo transcurría con aparente normalidad. Los árboles comenzaban a secarse y a desprender hojas de colores terrales, los prados áridos pintaban de amarillo todo el paisaje, y el frío, caprichoso, aún no quería hacerse notar de forma permanente y aparecía solo de noche, cuando todos dormían.

La gente vestía de oscuro para mostrar sus respetos al rey Bronac, aunque este, afligido, todavía no se había visto con fuerzas para salir de palacio a comprobarlo. Su mujer acababa de morir dando a luz a su preciosa hija, la princesa Uma. Se rumoreaba que el rey no la conocía; la niña había heredado los preciosos ojos negros de su madre y el temor de mirarla y comprobarlo por sí mismo era demasiado fuerte para él. Una ola de tristeza invadía cada estancia del palacio real, haciendo que pareciera más frío de lo que era en realidad. Hasta el río, que bordeaba el precioso castillo y la mitad del reino y había servido durante todo el verano para refrescar a los habitantes de Naiv, mostró su tristeza profunda perdiendo su sonido característico de agua en movimiento, como queriendo aparentar ser más un lago que un río.

Sí, dentro de lo que cabe, todo transcurría con aparente normalidad.

De pronto, una mañana como otra cualquiera, un aire que parecía proceder del mismísimo desierto envolvió todo el reino, levantando a su paso la arena que reposaba en el suelo desde hacía semanas. Los habitantes de Naiv, que ya comenzaban a abrir sus comercios, excusaban este fenómeno por las calles con frases como “este aire viene del mismísimo infierno” o “el tiempo se ha vuelto loco últimamente” mientras montaban los exteriores de sus tiendas.

Nadie podía imaginar que ese suceso iría seguido de unos acontecimientos que cambiarían sus vidas para siempre.

La florista, que era la primera en ver todo lo que entraba en el reino —su puesto era el más alejado del centro—, divisó a lo lejos un carromato acercándose lentamente hacia ellos, pero el terral no le permitió ver más allá. Como era lógico, dio la voz de sorpresa (en principio solo para su marido, pero tenía una voz potente, y los dueños de las tres o cuatro tiendas de al lado la escucharon, y pararon sus tareas durante unos segundos para concentrarse en la forma que cada vez se mostraba más grande).

—¿Un carromato a estas horas de la mañana acercándose? Será algún pedido especial del rey —dijo su marido, agitado por haber sido molestado en plena apertura de tienda.

—No sé si es un pedido o no, pero entre el calor y el terral que se ha levantado, la escena parece sacada de un libro de terror —exclamó Mary Rose Hat, la modista del pueblo, al tiempo que intentaba atusar el maniquí que tenía delante para hacer de su último diseño algo atractivo para las mujeres del reino.

Era cierto que el cuadro que se pintaba a lo lejos era raro cuanto menos. Todo parecía más naranja de lo que normalmente era, y el arenal que se levantaba detrás de las ruedas del carromato era similar al humo de una hoguera. La imagen se fue aclarando cuando se acercó, y los comerciantes del reino que estaban más cerca de la escena —ahora eran ya como veinte— divisaron a un hombre liderando al caballo negro que lo arrastraba. No tardaron mucho en comprobar que era un hombre de mediana edad y que viajaba solo.

Lucía un pelo gris que, aunque desordenado, se veía limpio y fuerte. Iba vestido con una camisa blanca de mangas muy anchas y unos bombachos marrones, y un lazo rojo con rayas naranjas hacía de cinturón para acabar de darle a la indumentaria del hombre un aspecto muy agitanado. Era delgado y tenía una nariz afilada y unos ojos muy penetrantes, que posó sin dilación sobre las miradas desconocidas, provocando que la gente sintiera un poco de reparo por haberse quedado observándolo tan atentamente. Algunos, avergonzados, reanudaron sus tareas sin decir nada, y el hombre, que se bajó del carromato dando el salto propio de un chico joven y ágil, se sacudió las manos para quitarse el polvo y miró a la florista y al marido, que parecían esperar para recibirlo a unos dos metros de distancia.

—Buenos días —dijo una voz en un tono bajo y seductor, y las señoras que conformaban la mitad del grupo de personas que lo observaban sonrieron sin pensarlo y se miraron unas a otras.

—Buenos días, caballero, aunque lo de buenos sea un decir, porque madre mía el tiempo más raro que hace —dijo la florista alegremente, con intención de hacer amigos y averiguar más cosas sobre él.

—Yo, personalmente, disfruto de lo impredecible; siempre es más interesante —dijo el hombre, al tiempo que intentaba estrechar la mano de la señora. Su marido, que estaba detrás de ella, dio un paso al frente como quien se prepara para un duelo y se paró al lado de su mujer.

Ella le estrechó la mano y se sacudió su falda larga para hacerse más presentable. Su marido extendió después su mano y el hombre, con la misma templanza que le había dedicado a ella, lo saludó.

—Me llamo Tom Bloom, y esta es mi mujer Amelia. Encantado, señor…

—Sam —contestó con tranquilidad—. La gente suele llamarme Sam.

—Muy bien, Sam. Y, ¿qué le trae por Naiv? Parece que viene usted de lejos. ¿Es algún pedido para el rey?

—No exactamente. Vengo a ofrecer al reino una oportunidad, una experiencia nueva. Pero permítanme que me pose y coloque mis cosas, y estaré encantado de explicarles todo —dijo, mientras sonreía, y fue cuando la florista se dio cuenta de que tenía un ojo de cada color.

—Por supuesto, señor Sam, no le entretendremos más —contestó, mientras guiñaba un poco los ojos y se acercaba a él con curiosidad—. Pero, antes de ponerse a ello, acláreme una duda, y perdone la indiscreción, pero es que ¡nunca había visto nada parecido! No he podido evitar fijarme en que tiene usted un ojo azul y otro marrón.

Sam sonrió con picardía y dijo: —Se llama heterocromía. Es una condición poco común. Y menos común todavía lo es mi caso, porque esta condición se da de nacimiento y a mí me ocurrió de un día para otro, en mi edad joven. Hace mucho tiempo, supongo —y rió tímidamente mientras se tocaba la cabeza con una mano, echándose su pelo canoso hacia atrás.

—¿Ah, sí? —intentó alargar ella para sacar más información— ¿Y eran los dos azules o los dos marrones cuando le ocurrió?

—Qué preguntas haces, Amelia —dijo su marido Tom, cortando rápidamente todo el hilo de la conversación y avergonzado por la curiosidad insaciable de su mujer—. Deja que el señor Sam se pose y luego le podrás preguntar todas las sandeces que se te ocurran.

—Gracias, no tardaré. Y cuando pueda, estaré encantado de contarle la historia de mis ojos, señora Bloom. Y por favor, llámenme Sam —concluyó, y se dirigió a su carromato, que yacía expectante con una sábana blanca ocultando su interior. Sam introdujo su mano dentro de él y un reptil de colores terrales trepó por su brazo derecho y hasta su hombro, provocando sorpresa en los que lo miraban.

Amelia Bloom, resignada por la reprimenda de su marido, reanudó su tarea y, cogiendo el gran ramo de petunias que había en el suelo, lo colocó en la entrada de su puesto junto con las otras flores, mientras su marido cargaba un saco de barro al otro lado de la cortina, donde se supone que aguardaban todos los productos de la floristería que no se tenían que ver. Mary Rose, por su lado, había terminado de hacerle el estilismo a un maniquí y lo miraba atentamente, con una mano en la boca, concentrada, y la otra posada sobre su embarazo de ocho meses. Buscaba ese toque que lo hiciera diferente, pero su futura hija no paraba de moverse dentro de ella y hacía demasiado calor. Respiró hondo y se dirigió a los vestidos que tenía colgados para comprobar los precios.

Sam liberó a su caballo negro del carromato y lo condujo hasta donde el resto de jamelgos aguardaban a ser chequeados por el herrero. Le dijo unas palabras e intercambió unas monedas que sacó de su bolsillo con este, que inmediatamente dejó todo lo que estaba haciendo a un lado y se dirigió hacia el caballo para ocuparse de él. Su carromato ya estaba colocado al lado de la tienda de ropa de Mary Rose, preparado para ser descubierto por todos.

La destreza con la que comenzó a montar su puesto hizo ver al resto que no era la primera vez que se dedicaba a esto. La venta ambulante es verdad que estaba de moda, últimamente había muy poca fluctuación de turistas entre reinos y los comerciantes se habían visto obligados a ganarse la vida persiguiéndolos. Lo que no tenía mucho sentido era precisamente que hubiera acabado en Naiv, puesto que este era un reino tranquilo y justo en estos momentos no gozaba de ninguna atracción. Metió las dos manos debajo del carromato y deslizó una gran tabla de madera tripartita que se abrió automáticamente, conformando dos escalones que subían al interior oculto, donde entró y desapareció unos minutos.

La florista no pudo resistirlo más y sacó del bolsillo de su falda larga negra su espejo Maple, abriéndolo rápidamente para asegurarse de que Sam no la viera. Tocó algo en el cristal mientras apuntaba con él a su carromato y un sonido de fotografía se escuchó —por suerte, lo suficientemente bajo como para que nadie la oyera—. Dos minutos después, el panadero del reino, aburrido porque ya había montado su panadería hacía una hora, entró en su Instaglass y vio la foto con un título debajo:

Bloom4ever: Hay un nuevo negocio en el reino. ¿A quién le va a hacer la competencia? *lasuerteestaechada *hagansusapuestas *puestoambulante *avercuantodura

El panadero, que tenía su panadería en la otra punta de la calle principal, se rió por las ocurrencias de la florista y anunció en los comercios de al lado que la gente entrara en su Instaglass para ver la nueva noticia. No habían pasado ni diez minutos y la foto ya tenía doce “me gusta” y cuatro respuestas.

Mientras tanto, en palacio, el encargado especial de las redes sociales de Naiv y los reinos contiguos recibió un aviso en su Maple de Instaglass y vio la noticia. Con la misma prisa y seguridad que hacía siempre su trabajo, entró en Glassapp para escribirle un mensaje instantáneo porGlassappal consejero del rey Bronac con un pantallazo de la noticia y avisarle del evento:

—Mandaré ahora mismo a Luke a investigar de qué se trata y te mantendré informado.

Al minuto, recibió un escueto “ok” y entendió que Dara, el consejero, no querría interrumpir al rey para algo que todavía no se sabía si era digno de mencionar, y menos en el estado en el que se hallaba. Se puso manos a la obra y escribió a Luke para pedirle que se ocupara de averiguar más; este accedió de inmediato.

Mientras tanto, en la calle principal del reino, donde se hallaban todos los comercios a ambos lados, Sam bajó por fin del carruaje con su misterioso reptil en el hombro. Las miradas curiosas volvieron a aparecer, por supuesto lideradas por la señora Bloom, que no había podido despegar los ojos del carromato desde que su dueño se había adentrado en su interior. El hombre carraspeó y posteriormente tocó con dulzura a su reptil, que lo miraba atentamente a pocos centímetros de su cara. Y, con las artes propias de un mago, sujetó la sábana blanca y la levantó, provocando que esta volara por encima y se posara lentamente en el suelo a su lado.

La señora Bloom no pudo evitar su descaro y se acercó sonriendo y despacio, casi podría decirse que temiendo ver algo espantoso en su interior. Cuál fue su decepción cuando lo único que pudo divisar fue un perchero alargado en forma de barra con unos cuantos trajes y complementos y un cubículo al lado que conformaba un habitáculo muy pequeño. Parecía un probador.

—¡Estábamos impacientes por ver lo que había dentro, Sam! —exclamó con emoción; quizá demasiada, puesto que miró a su alrededor para ver si alguien la seguía en su reacción y nadie parecía realmente interesado. Se ruborizó.

—La curiosidad precede al interés, señora Bloom. No sea tímida y acérquese sin miedo. Ni yo ni él la vamos a morder —dijo, y señaló al reptil posado en su hombro.

—Vaya, qué bicho más imponente... ¿Qué es?

—Es un camaleón. Se llama Beitus, pero yo lo llamo Bei. ¿Había visto alguna vez uno de cerca?

—No, la verdad es que no. Parece peligroso —dijo ella con nerviosismo, tratando de ocultar el asco que le daban los bichos en general.

—Al contrario, señora. Son unas criaturas muy curiosas... Tienen el poder de cambiar de color para camuflarse con sus alrededores y no ser vistos. Y no tienen un ojo de cada color, pero se mueven independientes uno de otro.

—Ah, los ojos, es verdad. Me tendrá usted que contar esa historia como prometió, Sam. Pero antes, dígame, ¿qué estoy mirando? ¿Es usted sastre? Porque si lo es, que sepa que va a competir con la mejor estilista de este reino y alrededores, que es la señora Mary Rose Hat, y justo ha colocado su carromato al lado del suyo. No sé si ha sido una opción muy inteligente.

—Nada más lejos de la realidad. No querría quitarle trabajo a nadie, pero sé que lo que yo les voy a ofrecer no tiene nada que ver con otros negocios que hayan visitado con anterioridad. Es más, lo mismo la señora Hat y yo podemos llegar a un acuerdo si todo va bien. Y mi trabajo solo la beneficiará.

—¡Muy bien, pues no nos tenga más en vilo, Sam! —dijo, ahora sí, creciéndose al ver que la gente se había empezado a acercar para presenciarlo y no sintiéndose la cotilla que era en realidad— ¡Enséñenos su magia!



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