El Disfraz del Meteorito - Capítulo 3


El rey Bronac abrió los ojos como todas las mañanas y durante los primeros diez segundos, todo estaba bien. Había soñado con su boda y se sentía alegre y confiado. De repente, algo en el fondo de su cerebro se disparó. «Algo ha pasado», le dijo una voz en su interior. «No es verdad. No puede ser verdad».

Mientras recuperaba el tono muscular y el estado de consciencia, toda la fuerza que acababa de sentir por recordar aquel día maravilloso se desvaneció y una nube negra se apoderó de él. Sí, había ocurrido. Su mujer, la razón de su existencia, había muerto. Las lágrimas salieron involuntariamente de sus ojos como una estampida y recorrieron su cara para fundirse con la almohada de plumas que servía de sustento para su cabeza. Se tapó la cara como un niño asustado que simplemente quería desaparecer, pero nada ocurrió. Las convulsiones del llanto hacían eco en aquella habitación enorme de palacio donde hacía no mucho había disfrutado de la mayor felicidad que un ser humano podía experimentar. «Por favor… por favor… haz que pare, no puedo soportarlo... Dios, dame fuerzas. Ayúdame, porque yo solo no puedo» decía su cerebro sin voz, pero no sentía nada. No era un hombre especialmente religioso, pero ya no sentía otra alternativa más que recurrir a un poder superior para aliviar su dolor. Las lágrimas se habían convertido en el complemento perfecto para su dieta matutina, que en su opinión, era el peor momento del día. Despertarse era, durante unos segundos entre el sueño y la vigilia, volver a vivir su desgracia como si no hubiera ocurrido. Y no lo soportaba.

El sonido de la puerta interrumpió sus pensamientos, y no sabía si eso le molestaba o le aliviaba. Se secó las lágrimas torpemente con su brazo y dijo—: Adelante. —Y alguien abrió la puerta con mucho cuidado.

—Majestad, siento interrumpiros, pero traigo novedades y he creído conveniente molestaros. Creo que, debido a la naturaleza de los acontecimientos que están ocurriendo en el reino, debéis saber de qué se trata —dijo Dara, el consejero fiel del rey y, realmente, su único amigo.

—Claro, no te preocupes, pasa y cuéntame —contestó el rey, mientras trataba de recuperar la compostura e incorporarse para escucharle.

—Ayer llegó alguien nuevo al reino, majestad. Al principio no le dimos importancia, parecía un vendedor ambulante sin más. Pero parece que ha revolucionado a todo Naiv en cuestión de horas. Es un hombre que vende disfraces.

El rey, que por supuesto no esperaba oír algo tan absurdo, relajó su atención y se quitó las sábanas de encima preparado para levantarse.

—¿Y eso es todo? ¿Un hombre llega vendiendo algo y crees que lo más oportuno es venir a despertarme para contármelo? —dijo, mientras caminaba hacia el baño con desgana.

—Por supuesto que no, majestad. Aquí es donde ocurre lo que creo que va a captar vuestra atención. Pero en vez de explicároslo, permitidme que os lo enseñe —contestó Dara, más que con miedo, con una infinita pena. El rey era bueno y no se merecía estar pasando por todo aquello, y Dara, que se consideraba su amigo —aunque nunca hubieran establecido una relación en voz alta más allá de la de rey-consejero— no soportaba verlo cada día más delgado y con menos ganas de vivir.

—Vale, salgo en un minuto —se escuchó al otro lado de la puerta, y Dara se relajó a esperarle mientras miraba por la ventana de aquella inmensa habitación que olía a soledad y a desesperación.

Las vistas del parque natural eran impresionantes. A la izquierda, el río trazaba un trayecto ondulado desde palacio y hasta el exterior, donde observó unas diminutas manchas en formas de personas vestidas de negro. «Así vestidos, parecen hormigas sin rumbo», pensó. Chopos, sauces, sargas y olmos decoraban todo el paisaje frontal, algunos incluso formando caminos ocultos por donde se podía caminar sin ser visto, y por donde, no hace mucho tiempo, el rey Bronac y su esposa construían su amor. Había varias cascadas; una de ellas, en concreto, escondía una gruta en su interior llena de estalactitas y estalagmitas de piedra donde, en su punto más alto, entraba un rayo de luz que iluminaba naturalmente todo el espacio por el cual el río, la piedra y la belleza se fundían. Un camino de plátanos milenarios creado de forma natural dibujaba la entrada y salida de palacio a la derecha de este cuadro tan maravillosamente pintado por la naturaleza.

El rey, en un torpe intento de no enseñar su tristeza infinita, salió del baño con la cara humedecida por el agua del grifo y dijo—: Muy bien, vamos a ver de qué se trata.— Dara intentó disimular la pena que sentía por su amigo y sacó rápidamente el espejo Maple que tenía en el bolsillo. Dio unos golpecitos al cristal y la aplicación de Instaglass se abrió, mostrando el último vídeo que había colgado el frutero del reino. Se lo pasó al rey, y este observó el proceso del día anterior, donde la señora Bloom entraba en el probador vestida de negro y salía transformada en bailarina en cuestión de segundos. Luego vio a la señora Hat ofreciéndole las zapatillas de ballet, y finalmente el beso y las palabras finales de Sam: “Solo tienen que desearlo, y la magia ocurrirá”. El vídeo volvió a iniciarse automáticamente y el rey levantó la mirada hacia Dara.

—¿Qué magia es esta?

—No lo sé, majestad. Pero sí os puedo decir que la respuesta del reino ha sido absolutamente fascinante. En veinticuatro horas ya ha tenido más de trescientos me gusta y noventa y cinco comentarios. Hemos intentado investigar más al hombre que sale en el vídeo, pero lamentablemente no hemos obtenido demasiada información. Se hace llamar Sam, no sabemos de dónde viene y tiene un camaleón, como ha podido observar en la reproducción. Hizo un breve discurso previo al vídeo hablando de la importancia de la imagen hoy en día y de cómo su trabajo favorecía este fenómeno. Luke lo vio todo y afirma que en persona fue todavía más impresionante. La gente estaba encantada. En mi opinión, parece inofensivo, pero no deberíamos dejar de vigilarlo de momento por si acaso.

—Así que a la gente le gustó... —contestó Bronac, pensativo— ¿Y sabemos cuáles son los planes de este hombre? ¿Piensa quedarse en Naiv mucho tiempo?

—Al parecer no tiene intención de irse pronto, majestad. Ya sabéis que a la florista le encanta compartir información, y le dijo a Luke que este tal Sam le habló de la posibilidad de hacer negocios con la señora Hat.

—¿La estilista? Bueno, tiene sentido, si se dedica a fabricar disfraces, querrá su ayuda. La verdad es que esa mujer tiene un gusto exquisito.

—Sí. Entonces... ¿qué creéis vos que debemos hacer a continuación? —dijo el consejero.

—No lo sé, Dara, ¿tú qué opinas? ¿Hay algo que se pueda hacer?

—Bueno... —dudó unos segundos antes de proseguir— En mi opinión, majestad, puede que esta sea una oportunidad para el reino. La gente lleva un mes de luto y hemos notado que las ventas han bajado un treinta por ciento en este tiempo. Quizá podríamos aprovechar esta situación para levantar un poco los ánimos después de... después de la tragedia —dijo, arrepintiéndose casi al segundo al ver que al rey se le oscurecía el rostro al escuchar esa palabra, tragedia. Efectivamente había sido una auténtica tragedia lo que le había ocurrido, y al pensarlo, un nudo se le volvió a formar en el estómago. Respiró profundo tratando de ignorarlo y dijo:

—¿Y qué propones?

—Bueno... Sé que aún es pronto, majestad. Y, por favor, no confundáis mi proposición con un intento de menospreciar el dolor que sé que estáis pasando. Pero lo mismo a Naiv no le vendría mal una distracción. Se me ha ocurrido un baile de disfraces para levantar un poco los ánimos.

El rey le miró atentamente. Aunque él en su interior no podía ni concebir la posibilidad de animarse, la idea de distraerse no le parecía descabellada. Quizá esta oportunidad había venido precisamente por sus plegarias matutinas bañadas en llanto.

—Muy bien. Pues que así sea. Haremos un baile de disfraces. Dile al equipo que lo organice todo para este viernes. Todo el reino deberá acudir disfrazado por este tal Sam.

—De acuerdo, majestad. Todo el mundo acudirá. Y esto me lleva a... —respiró hondo antes de formular la siguiente pregunta que sabía que pondría triste al rey— vuestra hija. ¿Será este baile donde la presentemos al reino?

—No. El bautizo de dentro de un mes será su presentación, como habíamos acordado —contestó taxativamente y sin procesar.

—Claro, por supuesto majestad. Ya está todo preparado para el evento —dijo, y antes de volver a abrir la boca, el rey le paró.

—Si vas a volver a proponerme que la vea como todas las mañanas, te vas a llevar otra decepción. Hoy tampoco es el día, Dara. No soy capaz —dijo, respirando hondo y dejándose caer sentado y rendido sobre su cama.

—Me conocéis bien, majestad. No os preocupéis, todavía tenéis muchos días antes del evento. La niña está bien cuidada de momento —concluyó, puesto que sabía que el rey era consciente de que tendría que ser él mismo el que agarrara a su hija en el momento de la presentación—. Me pondré de inmediato con los preparativos del baile.

—Vale. Ahora vete, Dara. Necesito estar solo —dijo, con la mirada perdida hacia la luz de la ventana.

—Por supuesto —contestó el consejero, con un gesto de cabeza.

Cerró la puerta tras de sí y el rey, otra vez solo, dejó caer su cuerpo sobre la cama mientras la segunda estampida de lágrimas se abría paso desde su corazón roto.


* * *


Las invitaciones salieron de inmediato, y en cuestión de horas, todo el reino se puso en marcha para el acontecimiento. Comenzaron a entrar furgonetas con pedidos decorativos y comestibles que se enfilaban delante del camino de plátanos a la entrada de palacio esperando a ser revisados por la guardia real, mientras en las calles del reino los pequeños comercios contribuían con sus quehaceres para la fiesta. El carromato de Sam proporcionó un paisaje de destellos rojos que provenían de su cubículo interior, y aunque algunos no pudieron evitar la tentación de hacerse una selfie con su Maple y colgarlo en Instaglass, la mayoría de las personas se fueron a casa a cambiarse para que nadie pudiera ver su disfraz antes del evento, ya fuera por vergüenza o por la emoción del factor sorpresa. La señora Hat, por otro lado, no dio abasto. Cada atuendo que Sam proporcionaba parecía venir con la falta de algún elemento que curiosamente podía proporcionar ella —siempre con su toque moderno y personal—, y sus ventas se dispararon. Durante esos tres días anteriores al baile, el principio del propósito de Dara se cumplió y Naiv cobró vida, al tiempo que el color del luto se desvaneció como el humo de una hoguera que ya no tiene ni fuerzas ni oxígeno para respirar.



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